Si paseas por las inmediaciones de la mezquita, es probable que des, casi sin darte cuenta, con la vetusta e icónica Plaza del Potro. Con un Triunfo de San Rafael que parece velar por este espacio querido por todos los cordobeses, la Plaza del Potro da a simple vista la imagen de lo que es: una plazoleta que lleva ahí postrada desde hace siglos, pudiendo apreciar en un golpe de vista la antigua arquitectura de los edificios que la rodean, estando situada ya en el límite del casco antiguo: justo enfrente, podemos empezar a ver ya restaurantes y bares de factura mucho más moderna y, si andamos apenas unos metros hacia delante, daremos con la ribera del río Guadalquivir, repleta también de negocios que abren sus puertas al disfrute de una buena tarde.
Un remanso de paz a metros de la Mezquita
Volviendo a la singular placita, veremos que no tiene nada que llame especialmente la atención, aparte del triunfo y la pacífica fuente que da no solo adorno al centro de la plaza, si no también un agradecido murmullo líquido: se trata de un espacio abierto de dimensiones medianas (no es la plaza de la calleja del pañuelo, pero tampoco es tendillas) en el que saltan a la vista una tienda de souvenirs y el Museo de las Bellas Artes y de Julio Romero de Torres, principal reclamo turístico, podríamos decir, de este pacífico lugar. Este museo es el testigo más palpable y vivo de la historia de la Plaza del Potro, pues en su día albergó el Hospital de la Caridad de Nuestro Señor Jesucristo, que con el tiempo dio paso a otros menesteres más artísticos al construirse hospitales más modernos y espaciosos en las afueras inmediatas de la ciudad. Este hospital, lugar en su día de trabajo de Rodrigo de Cervantes, propició un enamoramiento por la plaza en su hijo, un novelista que quizá usted conozca: Don Miguel de Cervantes. Es por ello que la plaza luce una placa que constata orgullosa que tal autor mencionó el lugar en “la mejor novela del mundo”.
El origen del nombre
Pero claro, quizá el lector se pregunte en este punto el por qué de ese campechano nombre. Como es común en cualquier lugar de córdoba que se precie con nombre y apellidos, el origen de ese nombre y esos apellidos tienen tras de sí quizá una historia por cada persona a la que le preguntes, en este caso las candidatas a origen realista del nombre Plaza del Potro son dos: Una, la existencia según muchos lugareños de una taberna en el lugar, llamada Taberna Del Potro. Muchas papeletas para ser cierta en caso de haber existido esa taberna, si no fuera por una teoría mucho más directa y pragmática: la plaza fue en su momento un lugar de compraventa de potros, mulas y demás equinos, siendo los primeros el tipo de animal más destacado por los lugareños. “La plaza de los potros” quedaría en el imaginario popular hasta convertirse, por deformación, en La Plaza del Potro de forma oficial, y así habría llegado a llamarse de tal forma. Pese a la lógica presente en esta posible historia de origen, existe una aún más directa si cabe y muchísimo más pragmática: la fuente de la plaza tiene, coronando la estructura de la misma, la figura de un potro galopante. Si esta figura vino antes o después de la taberna o el mercado, si las tres fueron unas consecuencia de las otras y ocurrieron todas o si solamente ocurrió una de las tres es, a día de hoy, un misterio sin documentar.
Si paseando por el casco antiguo de Córdoba desea llegar a la ribera del Guadalquivir y ya ha disfrutado con la majestuosa vista del Puente Romano, pruebe a ir hacia la misma por la Calle del Cardenal González hasta dar con esta preciosa y tranquila plaza, visitar quizá el Museo de las Bellas Artes y de Julio Romero y, si busca un remanso de paz, simplemente sentarse en la fuente a escuchar el fluir del agua al lado suya mientras, en la distancia, las voces y risas de los bares colindantes hacen de agradable y vivo fondo musical.
Cuando visite córdoba, no se pierda la pacífica vista de una de las joyas escondidas de la ciudad: la Plaza del Potro.