¡Ole, ole, y ole! Es mayo en Córdoba y hasta las mismas piedras que conforman sus calles parecen saberlo. La ciudad está adornada de flores, farolillos, lunares… Un momento, ¿lunares? ¡así es! Es posible que te hayas encontrado a más de un grupo de jóvenes encamisado y quizá demasiado festivos para la hora del día, o a alguna familia que parece ir de comunión volviendo exhaustos a casa: si todos estos síntomas parecen darse en tu jornada por la ciudad andaluza, está claro que la condición de la que estamos hablando solo puede ser una: la Feria.
No diremos que es la mejor feria, pero…
No vamos a pillar a nadie por sorpresa: todos sabemos lo que es una feria. Las calles se adornan, la gente baila y casetas y atracciones parecen crecer de la tierra de repente en un recinto dedicado a tal menester; pero la feria de Córdoba es, por méritos propios, una fiesta única.
En esta semana de incesante jolgorio a la cordobesa, la Feria de Mayo consigue desmarcarse del resto de celebraciones de igual índole del resto de la geografía (sobretodo) andaluza. Normalmente, una feria de pueblo está organizada por peñas y asociaciones, pero no suele haber una gran cantidad, y en otras ferias, como la de Sevilla, las casetas se ponen quisquillosas con a quién admitir, como si la feria no fuera un derecho universal del hombre (no lo es pero, a todas luces, ¡debería!) para arrebatárselo de esa pomposa manera.
La Feria de Mayo, en Córdoba, es una multitudinaria e inclusiva celebración de lo propio, pero también de lo ajeno: el recinto ferial, cercano al estado Nuevo Arcángel en el cual el Córdoba C.F. Gusta de pasar más penas que glorias, no solo se engalana con feriales adornos, fuentes y una portada que, arquitectónicamente hablando, no puede ser más cordobesa, pues sus arcos y arquitectura en general la hacen parecer un resumen de todo aquello que hace grande a la célebre Mezquita del casco antiguo, si no que, debido a la gran cantidad de casetas disponibles, convierte la explanada del recinto en una serie de calles con suelo de albero entre las cuales perderse no es extraño ni, siendo sinceros, reprochable (aunque sí, puede que le podamos echar la culpa al rebujito).
Una caseta para cada uno
Este pueblo consagrado al disfrute, formado por casetas en lugar de edificios, acoge en su miríada de organizadores todo tipo de peñas, asociaciones o partidos políticos: uno puede ir a por la más clásica tarde de feria en las casetas más conservadoras, donde veremos cajas y cajas de fino, farolillos, trajes de flamenca y algún que otro sombrero cordobés danzando al son de las sevillanas, podemos optar por distendirnos de forma más actual en alguna de las múltiples casetas donde pincharán éxitos de hoy, ir a una caseta más nostálgica donde escucharemos a Loquillo y otros artistas de décadas pasadas, pasarnos por otros espacios más alternativos como la caseta de la UGT o la caseta LGTB-friendly Colega… Las opciones se cuentan por decenas, y aburrirse o no encontrar tu lugar en esta feria es, como poco, complicado.
Pero no solo de casetas vive el hombre cordobés, y los jóvenes (y no tan jóvenes) se dan cita en la ribera del Río Guadalquivir durante la tarde para beber en el sitio, transformado en botellódromo para la ocasión, donde ir entonándose y preparando el cuerpo para una dura noche de baile y disfrute. Por supuesto, los más pequeños tienen su lugar en esta feria que, por costumbre, no deja a nadie desamparado: los “cacharritos”, como popularmente son conocidas las atracciones de la feria, mantendrán entretenidos a los feriantes más prematuros durante horas, o hasta que alguno de sus progenitores decida que ya es hora de volver a casa.
Como habrá podido comprobar, los párrafos que acaba de leer rezuman una nada oculta devoción por esta magnífica festividad del mayo cordobés, que pone punto y final al más marcado mes de esta ciudad; y, si se me permite, solo puedo decir: ¡menudo final!