Lomo, jamón y pan: El flamenquín

Si, estando en Córdoba, paseas entre las terrazas de su sano y amplio compendio hostelero, verás más de una y de diez veces como los (y los no tan) autóctonos disfrutan como quien lleva sin comer semanas ante un plato donde ensalada y mayonesa acompañan, cediendo el protagonismo por completo, a una especie de rollo rebozado, grueso o fino, largo o algo más corto pero siempre de aspecto delicioso y que deja “guarnío” de comer al más voraz comensal: se trata, nada más y nada menos, que de el típico y tremendamente célebre flamenquín.

Sabor sin igual, origen en disputa

Se tienen muchas dudas y teorías acerca del origen geográfico de este suculento plato elaborado a partir de jamón, lomo y pan rayado, pero por lo general las más persistentes y creíbles explicaciones dan el hallazgo a los pueblos de Bujalance, en Córdoba, y de Andújar, en la vecina provincia de Jaén. Pese a la dualidad de su posible origen, lo que si se tiene más que seguro es que, con el tiempo, el flamenquín se ha pegado con tanta fuerza a la identidad cordobesa, que ni con un certificado de denominación de origen jienense dejarían los locales de tenerlo por algo tan cordobés como los patios o la Mezquita. El flamenquín ha conseguido, por mérito propio y apoyado en su delicioso sabor rebozado, ponerse el primero en la cola para ser considerado el rey de las cocinas cordobesas, al menos en lo respectivo a reconocimiento como tal. Miles de turistas preguntan al año cuál es el plato más típico que uno puede probar y, aunque a todos nos gustaría responderle con alguna delicia de nuestro pueblo o de nuestra madre, o algún otro plato eclipsado en popularidad por el flamenquín, nos quedaremos pensando hasta reparar en que, si lo que queremos es ofrecerles un resumen rápido de lo que aquí gusta, les recomendaremos que pidan esta alargada delicia rebozada. Por supuesto, muchos dirán antes el salmorejo o el rabo de toro, pero esta encarnizada batalla por ser considerado el plato estrella de la gastronomía local no incluye por lo general otras recetas: al fin y al cabo, hay muchos tipos de paladares, más o menos exquisitos, pero todos sabemos que estos tres platos están tan manidos que su elaboración tiene, por lo general, unos mínimos que los restaurantes cumplirán si no quieren ser comparados negativamente con el resto de establecimientos donde, tras tantísimos años, la preparación de estos se ha perfeccionado.

El titular de todos los bares y restaurantes

El clásico plato, más propio quizá de la terraza de un bar que de un salón privado, es elaborado de muchas maneras diferentes, pero por lo general se mantienen el jamón enrollado en lomo de cerdo y empanado, pero esta sencilla y apetitosa receta sin miedo al colesterol ha dado paso con los años a la adición e intercambio de ingredientes de todo tipo, siempre intentando mantener el ADN del flamenquín intacto: queso, chorizo, jamón york en lugar de jamón ibérico… todos estos añadidos están, por lo general, pensados para ir acompañados de igual forma que un flamenquín de toda la vida hecho con jamón y lomo: las fieles mayonesa y ensalada, que elevan cada bocado a una experiencia mucho más enriquecedora gastronómicamente hablando. Acompañar esto de una buena cerveza o vino de la tierra es también un acierto a todas luces, pues su salado sabor casa con estas bebidas perfectamente.

El flamenquín es además, por lo general, uno de los platos más económicos que encontrarás en cada carta, haciendo de esta local delicia un plato a probar sin ningún tipo de excusa. Acércate a cualquier taberna o bar cordobés, a más solera tenga mejor, y pide un flamenquín sin dudar: si Córdoba no te ha enamorado ya por la vista y el oído, lo hará por el estómago.

No lo dude: si el calor no es especialmente acuciante y se quiere pegar un atracón bueno, bonito y barato, no se lo piense a la hora de acudir al más reconocible frito de la cocina cordobesa. Un salmorejo también está bien, pero vayamos por partes.

 

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