Es normal que, visitando la bella y vetusta parte histórica del centro de Córdoba, uno se pierda por las pequeñas calles de su judería, un compendio de laberintos de angosta piedra anclada, al menos en lo arquitectónico, en el pasado; primando la preservación histórica sobre la comodidad o el urbanismo moderno: gracias a esto, podemos ver el encanto de estas medievales callejuelas sin ningún tipo de modificación (o, al menos, ninguna que llame la atención más que la gran cantidad de tiendas de índole turístico). Es por ello que podemos pasar por alto muchos de sus rincones, al contar todos con un gran nivel de añeja belleza y autenticidad… menos uno.
Un patio cordobés en la calle
La Calleja de las flores es, como su nombre nos cuenta de forma concisa, una calleja llena de macetas con flores. Su llamatividad radica en su naturaleza de “patio cordobés al aire”: entrar en esta estrecha calle abruma por su belleza y gran cantidad de esplendorosas macetas llenas de flores, estampa que, en Córdoba, es más propia de un patio cerrado y de una época del año concreta.
No solo sus flores tienen la culpa de que la Calleja de las Flores haya sido considerada la calle más bonita de España según encuestados: la calleja, junto con la plazoletilla a la que da a parar, era en otros tiempos un patio de vecinos que, con los años, fue poco a poco convirtiéndose en una calle más por la que los vecinos podían pasear libremente. Con los años, el ayuntamiento de Córdoba ha buscado incentivar el turismo y embellecer las zonas del casco antiguo más disonantes o peor cuidadas y, por iniciativa de los hermanos alcaldes Cruz-Conde, fue remodelada como espacio abierto por la potencial belleza que ellos veían en este patio particular, donde sus flores de colores vivos adornaban los cuatro muros con un encanto inusual. El suelo de azulejos fue cambiado por uno de cantos rodados para conectar estéticamente con el resto de la judería, y varios cambios estructurales dieron lugar a la Calleja de las Flores que hoy conocemos.
Al final de la Calleja, la plazoleta que la remata nos visita floral y tranquila, con una pequeña fuente de cristalinas y frescas aguas en el centro (¡según la época del año, igual le interesa echarse un agua al cogote…!) que llama a descansar pacíficamente de una agotadora tarde de turismo. Pero esto no es todo; y es que, desde esta pequeña placita podremos ver una estampa que, de inesperadamente bella, se ha colado por mérito propio en gran parte de las postales y cuadros que podemos ver en las tiendas de la judería: La Torre de la Mezquita, majestuosa y dorada, aparece como de la nada contrastando su amarillo lujo y su grandeza sin marcos con la humilde tranquilidad cerrada de la Calleja.
Parte de la historia de Córdoba
La Calleja de las flores es solo una prueba más de cómo Córdoba ha sabido aprovechar su pasado para mirar al futuro, y el orgullo que del mismo siente. Un patio de vecinos lleno de flores que se convierte en una calle para todos, llena de flores y de tan increíble atractivo no es sino una perfecta encapsulación de la idiosincrasia de esta ciudad respecto al turismo, y es que, algo rematadamente típico y cordobés, termina por convertirse en algo aún más típico de Córdoba, aunando en un solo espacio el pasado más lejano con las costumbres más arraigadas y populares, que dan la bienvenida tanto a cordobeses que no se cansan de apreciar la hermosura de tan remarcado lugar y sentarse en su fuente a refrescarse las ideas y descansar, como a nuevos visitantes que se llevarán una impactante y agradable sorpresa al llegar a este pequeño remanso de paz y que, al girarse, les salude desde su grandeza la Torre de la Mezquita.
Entre los lugares que uno no puede dejar sin visitar al pasar por la judería y su mezquita, está sin duda este amable rinconcito más cordobés que el salmorejo. Y es que en córdoba, uno debe seguir una máxima para dar con este tipo de encantadoras sorpresas: donde veas las flores más bonitas, ahí es.