Recóndita y céntrica, secreta y conocida por todos. A escasos metros de la mezquita, entre el enrevesado laberinto que suponen las blancas calles del centro histórico de Córdoba, se encuentra la Calleja del Pañuelo, enclave a visitar pese a no aparecer en la gran mayoría de guías turísticas de la ciudad califal.
Una joya en un laberinto
Escondida como lo estaría quien desea escapar alejado del bullicio pero tan cerca como pueda estar para unirse a él en cualquier momento, la Calleja del Pañuelo no es más que una estrecha callejuela que da a parar a una plaza, y aquí es donde empiezan las singularidades de este curioso y pequeño punto del mapa.
La plaza ubicada en el final de la Calleja es considerada por muchos como la plaza más pequeña del mundo, por no mencionar que la callejuela que hacia ella dirige es una de las calles más estrechas de Córdoba, y una de las más angostas de Europa. ¿Cómo? ¿que este minúsculo callejón es considerado una calle? ¿con su nombre y todo? Efectivamente; y es que “la Calleja del Pañuelo” no es más que un apodo, pues la calle se llama tal y como se llamó en su momento el soldado que trajo de Flandes la variedad de uva Pedro Ximenez: Calle Pedro Jiménez. No en vano podremos ver en ella alguna parra de esta versátil variedad de uva.
Miles de historias en un solo sitio
Pero claro, pese al interés que pueda tener el nombre por el que nadie la conoce, es mucho más interesante el nombre por el que todos la conocen, o más bien su origen. La calle Pedro Jiménez ha visto, durante décadas, como amantes se conocían, se enamoraban y amaban ocultos a las acusatorias miradas de la inquisidora y casta sociedad cordobesa de otrora, bien por que no saliera a la luz un amor prohibido, bien porque la situación de dos jóvenes roneándose en plena calle podía recibir todo tipo de comentarios indeseados. durante los siglos XIX y parte del XX, era costumbre entre los hombres de la ciudad, por pura casta, o en alguna ocasión especial si se era un ciudadano más de a pie, llevar en la solapa del traje un pañuelo. Este pañuelo se entregaba, devolvía y danzaba al son del cortejo de los muchachos que, con el manto de la noche y un laberinto de calles escondiéndoles de entrometidos viandantes, furiosos maridos o agrias ancianas más pendientes en hacer cumplir a los demás la labor divina que en sus propios quehaceres, se decían, besaban y confesaban todo lo que se quisieran confesar, besar y decir.
La calle ha pasado por algunos arreglos y modificaciones con los años, como la colocación de azulejos y de arriates para naranjos allá por los cincuenta, o la construcción anterior de un pozo de estilo árabe sobre donde hace siglos había estado uno, testigo del gobierno del califato y de quien sabe cuantos más relatos e intrigas. Hoy en día, el nuevo pozo no debe de sentir envidia de su hermano mayor, pues pese a lo poco conocido de la plaza por el gran público, los cordobeses conocen bien este centenario escondite y no dudan en acercarse, ya sea de forma turística durante el día, en grupos que aprecian por primera vez en siglos la belleza de este lugar con el énfasis que merecía, ya sea de noche, continuando con la leyenda del secreto a voces cordobés cuyos muros dieron y siguen dando cobijo a los misterios personales que no quieren ver la luz, desde el más leve y travieso al más intenso y romántico de ellos.
¡Ay, si las paredes hablaran…!